DESORDEN QUE YA ES COSTUMBRE
La manta apareció como suelen aparecer estos mensajes: colgada, mal escrita y con una amenaza directa. Pero aquí la ortografía es lo de menos. Lo que importa es el mensaje… y lo que revela.
Porque cada vez que aparece una narcomanta, no solo hablan los grupos criminales: también reaccionan. Y eso fue exactamente lo que ocurrió tras los operativos recientes en el Cereso de Aquiles Serdán. A alguien le incomodó. Y bastante.
Las revisiones, traslados y “reventones” en módulos no son coincidencia. Son intentos —tardíos, parciales, pero intentos al fin— de recuperar el control de penales que durante años operaron como pequeñas repúblicas del crimen. Y cuando eso pasa, hay respuesta.
La manta del Jueves Santo sobre el periférico Ortiz Mena es eso: un mensaje de presión, un berrinche criminal tras los operativos de la Policía Estatal, Guardia Nacional y custodios penitenciarios.
Sea de “La Empresa” o de los “Artistas Asesinos”, el fondo es el mismo: les movieron el tablero. Y cuando el crimen se incomoda, amenaza.
Pero también deja algo claro: algo sí les está pegando. Ya no están tan cómodos. El negocio —porque de eso se trata todo— está siendo tocado.
El problema es que esa sacudida no alcanza para ocultar el resto del desorden.
Ahí está el caso del “Minnesota Clinic”, un supuesto centro de rehabilitación que, según denuncias, opera más como un anexo del terror: golpes, sometimiento, perros utilizados como arma, descargas eléctricas y un encargado —“el Licenciado”— señalado por dirigir todo en estado de ebriedad.
Un infierno… con apariencia de legalidad.
Y si eso ocurre en espacios que deberían rescatar vidas, lo que pasa dentro de las corporaciones tampoco es menor.
El caso de “La Número 4” lo dejó al descubierto.
Un instructor policial, armado, en un bar. Una discusión. Disparos. Y la víctima: una agente activa de la Fiscalía.
No fue un enfrentamiento contra el crimen.
Fue violencia desde adentro.
Un elemento encargado de formar policías, además señalado por presuntos abusos contra cadetes, termina accionando su arma en plena zona de bares. Y lo hace con una normalidad que preocupa más que el hecho mismo.
Porque entonces la pregunta ya no es quién falló…
sino cuántos más están igual.
¿Cuántos instructores sin preparación?
¿Cuántos elementos armados sin control?
¿Cuántos privilegios que permiten portar armas donde no deberían… hasta que pasa algo?
Y mientras todo eso ocurre, la política tampoco se queda atrás.
El PRI, hoy lejos de lo que fue, parece repetir la misma fórmula: simular competencia para negociar rendición. Nombres reciclados, escenarios previsibles y una alianza con el PAN que, aunque no se firme, ya opera en los hechos.
Como en 2021, cuando se cedió terreno político, ahora el dirigente estatal Alejandro Domínguez lanza el discurso de ir solos… mientras en el fondo se cocina otra cosa: negociar la declinación.
Porque mientras unos pelean por el control de los penales, otros negocian el control político.
Y así, entre mantas, anexos violentos, policías que disparan y partidos que se acomodan, se dibuja el verdadero mapa del estado.
Aquí no hay hechos aislados.
Hay un mismo hilo conductor.
Uno que conecta la manta en un puente, el abuso en un anexo, el disparo en un bar y las decisiones que se toman en lo oscuro.
Un hilo que revela algo más profundo que la violencia:
El desorden.
Uno que en Chihuahua… empieza a sentirse como costumbre.